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Alguna vez, le dije a alguien que “el arte era aquello que el alma le susurra al pensamiento cuando este descansa”, pero, pretensiones al margen, en verdad no tengo idea de que se trate el arte. Digamos, las palabras por si mismas no tienen limitaciones más que aquellas que puedan encontrar en nuestra propia ignorancia (desconocimiento), entonces, sucede que, cuando queremos explicarnos o entender o dar a conocer o compartir aquello que excede a nuestro comprendimiento cotidiano, aquello que nos ronda y esta, a veces, tan próximo a los sentimientos que se nos hace casi imposible el poder contar, simplemente necesitamos a alguien que pueda hacerlo, necesitamos, a un artista.
Un artista, es alguien capaz de oír aquello que nos esta susurrando esa parte de nosotros mismos que, tantas veces, desoímos solo por desconocimiento de nosotros mismos. Por temor a nosotros mismos. Por ignorarnos, por subsistir.
Pero, y por otro lado y Shakespeare al margen y así todo, cómo subsistir de esta manera. Cuando, por el momento, los susurros a nuestro alrededor son alarmas gritando su desesperación a plena luz de este supuesto mediodía en donde todo se ve. En donde todo, o casi todo, se sabe o creemos saber.

Qué hay a nuestro alrededor que nos aleja tanto de nosotros mismos (nuestra realidad) al punto de hacernos sentir que nos es casi imposible el poder oírnos.
Y… para qué.
Hoy? Ahora?…
A plena luz del día?
Quizás no sea tan ingenuo como parezca.
Solo es… son… quizás sea que aún hay… estas cosas tan difíciles de contar.
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En el mes de diciembre del 2008, tuve el gusto, mejor dicho el honor de hacer entrega de una obra para el Museo de Arte de la Universidad Nacional de Cuyo (MUA). Sin lugar a dudas, una de las más prestigiosas universidades del país y, en lo que a su nivel académico respecta (lo humano), quizás aún, porque no, una de las más importantes de América Latina.
Todos sabemos lo que sucede con la educación, la cultura en general, en esta más que sufrida América de habla hispana y, algunos, hasta nos aventuramos a intuir el por qué. Así que mejor ya no volvamos a discurrir acerca de presupuestos ni nada que se le parezca, y tan solo concentrémonos en la grandiosidad del paisaje que enmarca ha este enorme y maravilloso complejo universitario, el cual comprende a muchas de las mejores Facultades de nuestro país. Quiero decir, allí se forma una más que buena parte de nuestra clase intelectual (incluidos en estos aquellos con capacidad dirigencial), lo cual conforma a la U.N.C. en un verdadero polo generador de pensamiento (muy de esperar, nuevo).

Antes de continuar, debo agradecer más que particularmente a la profesora Mónica Ferrazano, a Fernanda García y a la Directora del Museo, la Prof. Vivian Magis.
Al MUA (Museo Universitario de Arte), en su aspecto más práctico, no lo conforman tantas personas cómo podría parecer a primera instancia o sería dable esperar a semejante empresa (recurso humano disponible). El MUA, es básicamente el trabajo de estas pocas personas. Tomando en cuenta lo que gana un educador dependiente del estado en este país, bien podríamos decir, su amor a ese trabajo.
Para aquellos que conocen la Universidad Nacional de Cuyo, resultará más accesible el comprender que, así tan solo sea por la extensión de terreno que ocupa este Complejo Universitario en el aspecto físico, el trabajo es enorme.
En tantísimos aspectos, la gente de Mendoza en verdad es digna de imitar.
Hago referencia a la extensión que abarca la Universidad, porque el MUA cumple hoy con la iniciativa, nacida hace ya algunos años, de trascender el ámbito estanco del Museo tradicional para llevar su patrimonio cultural hasta cada una de las distintas Facultades.
Hablando de ejemplos a seguir, una idea quizás, muy próxima a esta, de alguna manera ha quedado esbozada en algunas de las charlas que he mantenido con el Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Mar del Plata, el Dr. Miguel Ángel Acosta.
Asumiendo el riesgo que implica la revalorización de la educación (deteriorada hasta en sus aspectos más básicos en esta región del mundo), la empresa sería: llevar las obras de arte hasta las aulas mismas de la Facultad para que, de esta manera, la comunidad estudiantil tenga la posibilidad de convivir, nutrirse, crecer junto al patrimonio cultural que le es propio.
Molinos de viento al margen (aquellos que me pertenezcan) la idea, no deja de ser excelente.

La ciudad de Mendoza (la provincia toda), en tantísimos aspectos es de una hermosura próxima a lo paradisíaco. Su pulcritud, junto a su parquización y diagramación de los espacios verdes también tan dignos de imitar, un auténtico ejemplo. Todo esto, es la obra del hombre. De su tesón e inteligencia en el manejo y aprovechamiento de los recursos disponibles (fundamentalmente el hídrico), ya que, ese aún cuasi jardín, se asienta sobre un terreno bastante poco favorable muy próximo a lo desértico. La provincia de Mendoza, como la hemos conocido y aún descubrimos, es la obra de los hombres y mujeres de Mendoza. Es la obra de su esfuerzo.

En el mes de junio del año 2007, la gente de Gral. Alvear, departamento al sur de la provincia, se movilizó para impedir el asentamiento de una enorme Compañía Minera Multinacional que había dispuesto comenzar tareas de extracción de oro en la zona.
Dicha movilización, fue absolutamente espontánea. Un día se reunían frente a la plaza del pueblo y al siguiente se hacían oir.
Nadie sabe como suceden cosas como estas, pero, cada tanto suceden.
Ellos eran víctimas y dijeron NO, y ese fue su lema: “NO a la minería contaminante”.
Durante algo más de una semana, estos desertores a su destino de victimados se mantuvieron en las rutas, a pura fuerza de voluntad, a puro coraje, cortándolas. Familias enteras. Todo un pueblo.
Gente común, absolutamente desconocida.
Alvear, es quizás tan solo eso, un pueblo muy pequeño de gente muy simple a orillas del río Atuel. Mientras que una multinacional de esta magnitud queriendo desgarrar a un país cualquiera del sur del mundo, todos sabemos.
Les anticipo, que lo lograron.
El día 18 de junio del 2007, la legislatura provincial dió su apoyo aprobando una Ley que controla e impide la minería contaminante en todo el territorio de la provincia de Mendoza.
Y ahí debería terminar el cuento, ser el punto final de esta historia.
Pero, todos sabemos.


No esta de más el aclarar que este tipo de empresas utilizan enormes cantidades de agua en el proceso de extracción y depuración del mineral. Agua que luego devuelven al suelo afectada por distintos tipos de químicos contaminantes como el cianuro (por citar tan solo uno de los productos que utilizan). Estas enormes Compañías Multinacionales, mejor dicho, quienes manejan estas empresas, o mejor todavía, los dueños de estas empresas, no son gente de la provincia de Mendoza. Ellos viven a miles y miles de kilómetros del Departamento de Gral. Alvear.
Ni siquiera lo conocen.
No conocen las fincas del sur de la provincia. Ni el río Atuel. Ni a la mamá de Francisco medio parienta de Antonia mamá de Laura abuela de Vanina bisabuela de Alma esposa de Laureano (viuda ya). No conocen al Jóse. Ni al Sport Club Pacífico desde cuyos fondos se ve la casa de Antonio. No conocen a Antonio que sabe desarmar y volver a armar la caja hidráulica de un tractor guiándose solo por el instinto, a pura memoria, puro oficio, talento. No conocen la Piré.
No conocen nada.
Y, a decir verdad, tampoco me conocen a mí y más que probablemente, muy lamentablemente, tampoco a usted.
No reconocen, nada.
Y tanto así para primeras como para últimas instancias, no conocen, a nadie.

El sur de la provincia, se caracteriza por ser una zona intensamente poblada por pequeños productores frutales.
Allí se cosecha la uva, producto emblemático de Mendoza reconocida mundialmente por sus vinos, así como el damasco, la ciruela y también el durazno.
El agua, elemento fundamental ligado íntimamente a la vida, también lo es para la vida de las fincas.
Un ingenioso, aunque tal vez un tanto rudimentario sistema de acequias, surca casi todo el territorio proveyendo de este vital elemento a todos y cada uno de los productores.
El agua de los deshielos, viaja de ese modo desde los ríos a través de canales por toda la provincia.
Reducidos estos en su tamaño, ingresa a pueblos y ciudades para volver a partir hacia el interior, hacia las fincas.
Todos utilizan aquella agua.
Así los grandes como los pequeños productores. Es la misma para todos.
Un también rústico (la más de las veces) pero eficaz sistema de exclusas sirve para garantizar el correcto suministro y repartición de este vital elemento.
Dos veces por semana, cada productor a su turno abre las compuertas para dejar entrar el agua que le corresponde y le es indispensable para el riego. Y no más.
Hay que decir que, muy generalmente, las acequias son tan solo zanjas abiertas a la tierra, y las compuertas, apenas tablas de madera.
Así, el agua, literalmente se derrama corriendo por entre los surcos a través de las fincas, ya que estas, han sido sembradas dando previamente al terreno un suave declive para que esto suceda.
Cada productor, dispone de un tiempo determinado durante el cual puede mantener abiertas sus compuertas, y este, es directamente proporcional a la cantidad de hectáreas que posea, ya que pagan por tiempo de uso del servicio.
Para todos aquellos que vivimos en las ciudades y nos enteramos de todo sin saber nada. Así de importante les es el agua en Mendoza.
El agua es vida y la vida esta en nosotros.
Si la contaminamos, la vida muere.

Hablando de cuidar y cuidarnos. El agua la vida. Una vez vi morir a un faisán de collar.
A aquellos que sepan algo sobre zoología, seguramente no les hará falta que les comente que los faisanes no suelen graznar ni gorjear ni cacarear como otras aves, más, parecen casi no tener voz. Así que comprenderán quizás con mayor facilidad que la experiencia fue, lo menos a decir, bastante extraña, creo que “conmovedora” sería la palabra.
Era verano. Una tarde muy calurosa de verano a la hora de la siesta.
Estaba sentado sobre el piso, atrás, en el patio como me era costumbre, observando a los faisanes aproximarse desde los fondos de la casa. No sabría decir con exactitud en cuál momento sucedió, solo recuerdo que uno de ellos, muy lentamente y aún sin perder el paso, poco a poco fue apartándose del resto y entonces lo vi.
Estiraba su cuello rígidamente como si algo lo asfixiara, con esfuerzo, mucho esfuerzo como si lo sofocaran. Por momentos, llevaba su cabeza bien hacia adelante con su pico exageradamente abierto como si estuviera gritando, pero no se oía sonido alguno.
Repitió aquellos movimientos (como de contorsionista queriéndose quitar algo de encima o de adentro) una y otra vez muy lentamente durante unos instantes, para, luego de dar un par de aleteos compulsivos, estremecedores, echarse a correr. Tan solo unos metros, hasta dar contra algo, creo, ya no recuerdo, y se desplomó.
Aún puedo verlo tirado ahí, muy cerca mío. Asfixiado, con su cuello estirado y su pico desesperantemente abierto, gritando, muriendo, sin voz.
Nunca había visto a un faisán a los ojos.
Nunca había visto a la muerte instalarse en la mirada de ojos semejantes.
Jamás había visto morir a ningún ser vivo de sangre caliente sin emitir un solo sonido, una sola queja. Sufrir el dolor así.
Juro que hasta ese día, nunca antes había visto a la vida perder la batalla sin poder decir nada.
No sé por qué recuerdo esto ahora, voy a creer que es, porque pensaba en la importancia de los medios de comunicación y las personas que en ellos trabajan.

Durante el breve tiempo que pasé en Mendoza, tuve oportunidad de conocer a algunos comunicadores sociales de aquella provincia (señores periodistas), con ellos charlamos acerca de ciertas dificultades que atraviesan, o atravesaron en algún momento.
Digamos, tan solo por citar un ejemplo, qué pasaría si alguien muy importante (entendamos que por dinero no por valía) entra a un medio de comunicación y, así, abiertamente, tras un flagrantemente parco “Buenos días”, pregunta cuánto cuesta todo el aire de ese medio. O mejor, quiero decir, peor, qué pasaría si logra comprarlo. Haciendo gala de nuestra mejor y más tortuosa ingenuidad, y ya que los medios de comunicación son empresas privadas, podríamos negarnos decididamente a comprender y minimizar todo el asunto a lo que parecería ser una simple transacción comercial. Pero, si pudiéramos darnos la libertad de imaginar que, algún oscuro interés pudiera estar rondándonos, de algún modo, no sería como comprar un posible silencio asegurándoselo para si.
Quitarnos la voz sería como dejar a la vida sin posibilidad de decir nada.
Sería morir por asfixia.

Lo increíble es que esto en verdad sucedió y, de algún modo, lo estoy minimizando. Tal vez, porque tampoco es asunto mío, porque sin pruebas, porque no me dedico a eso y porque todos lo demás por qué.
Sé también, y muy bien, que esto no es nada nuevo para ninguno de ustedes, que esto es algo que sucede en todas partes del mundo, que es, además, algo que ustedes ya saben y que también todos lo demás también.
Ahora, lo increíble, es la forma que adoptan estas formas en estas regiones del mundo, “la manera”, “el como” sucede.
Juro, que no les importa nada de nada de nada.
Como me lo contaron. Como lo conté.
El interior de las cosas.

Arriesgado, no?… me refiero a la imagen en la fotografía. Para los que sepan algo sobre escultura en mármol, en particular Carrara, sin comentarios, pero las cosas se dieron así y la escultura se armó in situ y con el tiempo y las herramientas que había; para el resto de la humanidad, por favor no practiquen esto en sus casas que es justamente lo que no hay que hacer y el Carrara en verdad exige respeto, y nuestras manos más atención. Pero cuando uno enfrenta un Carrara, no puede ni debe eludir el hecho de saber que por ahí pasó un Miguel Ángel, un Rodin, los griegos y cuanto frustrante genio locamente inalcanzable haya existido en la historia universal del arte. Así que, así no, no es la manera correcta.
Bueno, pero volvamos a lo importante.
Durante aquellos días, digamos, durante los primeros días del mes de diciembre del 2008, en el sur de la provincia, específicamente en el Departamento de Gral. Alvear, se gestaban pequeños movimientos de productores buscando ser oídos.
Para que entendamos qué les sucedía, claro, tendríamos primero que conocerlos, pero, como tal tarea probablemente podría resultar demasiado extensa para este formato, al menos, y como me sucedió a mí, comencemos por conocer su trabajo.
Antes de continuar me gustaría invitar a todos ustedes a que lo hagan, a que conozcan personalmente a esta gente. Son buena gente, nada malo les puede pasar al conocerlos. Ellos no son de los que dan muerte, son de los otros, de los que dan vida. Ellos siembran la vida y luego la cuidan durante muchos años. Los avatares son muchos, los infortunios también. Las manos se les cayean en la espera, pero son de esperar. Sortean descuidos y gobernantes de nuestro propio olvido, día tras día hasta llegar a la cosecha, y entonces, cayos a las manos otra vez al cosechar. Año tras año, en diciembre en enero o en marzo, siempre igual. Ellos, siembran y esperan vida con esperanza, y eso, es sin ningún lugar a dudas lo mejor de lo que saben hacer.
Las frutas, no nacen de las góndolas de verduras de los supermercados, ni hay plantas de botellas con vino por cosechar en los depósitos del Marquet. Si digo esto, es porque al igual que ustedes, creí saber que esto no era así, pero, en verdad…

Saben cuánto le queda de ganancia a un pequeño productor, por ejemplo, por cada kilo de damasco que logra cosechar, 0,07 centavos de pesos (argentinos). Saben cuánto pagamos en las ciudades el kilo del mismo producto, entre 7 y 8 pesos (argentinos).
La brecha es tan extensa que, por si misma, ridiculiza cualquier posible ánimo de cuestionamiento de nuestra parte acerca de quién podría estar quedándose con el resto de las ganancias. En verdad, a quién le puede importar.
Tengamos en cuenta que la puesta en góndola de este tipo de fruta no conlleva costo alguno por proceso de elaboración, envasado o conservación, que no sea el del simple acarreo y mantenimiento en cámara de frío.
Algo muy similar pasa con el durazno. Y ni que hablar de lo que les esta sucediendo con la uva, la cual sí requiere de un importante proceso de elaboración antes de convertirse en vino. La uva no se puede conservar si no ha sido procesada. Aquellos pequeños productores, los que no quieren prestarse a ceder cuando los bajos precios rondan tanto a urgencias como a necesidades, al llegar el inflexible límite de la inevitable cosecha, pagan un más que importante costo por la elaboración y mantenimiento (alojamiento en piletones cerrados) de sus uvas convertidas en vino.
A veces lo logran, a veces no.
Hace unos años, Raúl que es esposo de Eli y padre de Cinthia y Cecilia, y que, además de productor descendiente de productores y poseedor aún de la misma finca al otro lado del Atuél que siempre han tenido, atiende un pequeño Kiosco cerca del centro del pueblo para que nunca les falte como para enviar a sus hijas a estudiar a la ciudad de San Rafael, al ver que los precios bajaban abruptamente, y en la esperanza de que, pasada la época de cosecha, estos subieran, decidió llevar toda la producción de ese año a almacenamiento. Por esos avatares del destino y por la convergencia de distintos factores económicos, algunos de los cuales, en gran parte nada tenían que ver siquiera con la producción de uva, se encontró de pronto con que, durante un muy prolongado tiempo, los precios cayeron de modo tal, que, hoy, a años de haber entregado ya su cosecha y pagado aún los costos por alojamiento, estos, no logran siquiera equiparar lo que le habría correspondido de haberla mal vendido en aquel entonces.

Pero esto no es en si lo más grave, lo en verdad grave es que, durante el mes de diciembre y mientras ellos se movilizaban y cortaban una ruta para pedir ayuda, ayuda que, además, jamás llegó con la premura y seriedad que la situación exigía, la fruta, ya madura, comenzaba a caer desde los árboles.
Kilos y kilos y más kilos de fruta comenzando a pudrirse en el suelo.
Seguramente no hace falta que les diga que Argentina es un país del sur del mundo. Que aquí, por algunas falencias en la distribución de las riquezas, o por pura maldad, o por estupidez o por soberbia o por lo que ustedes quieran, a un tiempo que condenamos a gente buena de trabajo a que pierda íntegramente el fruto de su esfuerzo por no resignar ni un solo centavo de las enormes ganancias que a costas de los productores ciertos señores están logrando, en otras provincias y aún en la mismísima Buenos Aires, somos capaces de condenar a un niño a morir por hambre.
Dicen que todo se hubiera solucionado con un dólar diferencial para la exportación. Para no perder más mercados, para que entraran divisas en vez de fagocitarnos a nosotros mismos como lo estamos haciendo. Que sé yo, muy probablemente tengan razón, de todos modos no puedo dejar de pensar que en ese mismo instante pudo haber un chiquito muriendo por desnutrición, y que jamás podría haberse llegado hasta la provincia de Mendoza para recoger algo de ese alimento que se pudría; y que le correspondía. Ni siquiera habría podido reclamar eso. Que parte de ese o cualquier otro alimento le correspondía. Que por Ley, que tenemos la obligación, que todos los habitantes de este mundo tienen la misma obligación para con él.
Aún y así y fundamentalmente y sobre todas las cosas, aquellos que provocaron todo esto. Estas cosas que incluyen, claro está, su muerte.
Ya que deberíamos suponer la falta de propia voluntad en esta elección, no les parece. Un niño pequeño no elegiría suicidarse muriendo por desnutrición. Es una muerte demasiado dolorosa. Además, a esas edades, no solo no comprenden sino que ni se les cruza por la mente el concepto “suicidio”. Si les diéramos una posibilidad, tan solo una, les aseguro que se quedan. No por ellos. Ellos aún no entienden qué es morir. A ellos, seguramente los toma bastante por sorpresa. Y cansados. Digamos, ellos solo sienten el sufrimiento. Es la vida la que por dentro les hace fuerza para quedarse, que les empuja todo lo que puede para que lo logren. Que, antes de perder la batalla en un niño, nos da todas sus alarmas, muchas, miles de avisos por todas partes para que la ayudemos. Entonces, si esos niños no se quitaron la vida por sus propios medios, quiénes los mataron. La vida no fue, está demostrado. ¿Los padres?. Seguramente. Aunque por qué hacerlo de esa manera, exponiéndose ante todo el mundo al recurrir a un hospital público en busca de ayuda. Ustedes dirán… “los dejan morir por ignorancia”. Y yo digo sí. Claro que SÍ. Un rotundo sí. Por ignorancia. Los dejamos morir porque somos víctimas de nuestra propia ignorancia. Es nuestra ignorancia la que los mata. La que les quita toda posibilidad de defensa, tanto a ellos como a sus padres. Porque también, lenta, muy lentamente pero de igual manera, estamos queriendo hacer lo mismo con cada uno de nuestros pequeños productores. Gente de trabajo, gente buena. Y lo hacemos sin saber, sin darnos cuenta, imbuidos todos y cada uno como estamos en nuestras pequeñas mezquindades diarias. En nuestra necesidad de sobrevivir.
No crean que yo, al igual que cualquiera de ustedes, incluídos aquellos que aún no sientan que forman parte de este nosotros, no sé ni comprendo claramente que la ignorancia, así la mía como la de quien sea, por si misma no ha matado nunca jamás a un tercero. Lo que digo, es que nos estamos suicidando. Que no importa ya de dónde seas o en cuál lugar residas. Si vos contaminás el agua acá, más tarde o más temprano la lluvia te la lleva para allá. Y ya no importa cuáles hayan sido tus intenciones al permitirlo. Ni cuál tu status económico futuro ni mucho menos tu nivel intelectual. Ni si estás en Canadá, espero no, o en FindlandiaEspañaofAmérica o simplemente caminando muy tranquilamente tus nubes a orillas del río, allá en Manchester por la no sé cuanto square, deliberando que traducir, resolviendo revolviendo por si algo a ver qué de lo que acabo de decir te pueda servir para algo de lo. Y por favor, disculpenme todas aquellas personas que viven en estos países. Sin importar cual sea este, no es a ellas a quien refiero, sino a las instituciones (excusas) tras las cuales nuestra maldad se oculta. De que nos ha servido enarbolar tantas banderas para matar y matarnos en su nombre.
Cuando pienso en Argentina, pienso en este lugar y en las personas que conozco y a las que quiero, y lo mismo les debe suceder a ustedes que viven en Estados Unidos, Inglaterra o como se llame el territorio en donde vivan. A mí, al igual que a ustedes, no se me ocurriría jamás enseñarle a mi hijo que hay que matar por aquel nombre ni por ningún otro. Como tampoco le pediría que lo hiciera en nombre de Dios, cualquiera fuese su nombre (en árabe o hebreo) porque esto no es lo que pide la vida, sino todo lo contrario.
En verdad, no se puede leer la Torá mientras se dispara un proyectil que matará a 40 niños en la ciudad bíblica de Caná. No podemos postrarnos humildemente en dirección al lugar sagrado de La Meca, tras haberle quitado la vida a cientos de personas inocentes solo por destruir un ícono. Dios no pudo habernos pedido eso. Porque eso, le da excusas a nuestra maldad para que también existan un Hiroshima o un Bagdad. Y eso, no pudo habérnoslo pedido la vida. Sino todo lo contrario.
Lo que le hagamos, o mejor, peor, lo que la cómplice de nuestra ignorancia permita que se le haga a esta tierra, nuestra tierra la única que tenemos, y, por añadidura, a sus hijos que somos nosotros aunque aún no lo entendamos, tanto aquí como en cualquier lugar otro del planeta en donde nos encontremos. Nos dolerá a todos. Nos dolerá en conjunto y absolutamente. Lloverá sobre nosotros.

Una vid, tarda entre cuatro y cinco años en alcanzar el desarrollo adecuado como para que sus uvas estén aptas para el mercado. Algo similar sucede con los demás frutos. Cuatro o cinco años de cuidados, espera, ruegos y esfuerzos, para (y aquí vuelvo a reiterar que el agua no les abunda y se paga) comenzar a soñar con recuperar inversiones. Cuatro o cinco años de sueños para volver a invertir y esperar y rogar y soñar de nuevo con volver a trabajar. Cuatro o cinco años para que un día, cuando al fin todo esta listo, cuatro o cinco personas, iguales, muy iguales a nosotros, decidan que su esfuerzo no vale nada. Cuatro o cinco iguales, quizás muy similares, a los cuatro o cinco que antes decidieron que nuestras vidas no valían nada, que se podían contaminar las aguas (de los deshielos o cualquier otra) y envenenar o matar el fruto de nuestros campos, los alimentos que más tarde o más temprano, todos, incluidos sus hijos que no dejan de ser también muy iguales a los nuestros, comeremos o comerán.
Saben por qué la vida necesita de aquellas proteínas que solo encuentra en los seres vivos que ella misma genera (sean estos animales o vegetales), porque por ahora, ella, es la única productora de la energía vital indispensable. Ella es la que produce, la que trabaja. Nosotros, apenas si estamos permanentemente esbozando, y nada más.
El agua es vida, y la vida es energía.
Cuando alguien que trabaja para la vida “sueña”, no sueña por mera fantasía, ya que, sus sueños, se asocian con la esperanza y de algún modo y aunque él quizás nunca lo sepa, cuando la esperanza es la que sueña, sueña lo que la vida proyecta para que la vida siga. Sus sueños, conllevan lo que la vida necesita para ver si logra mantenernos con vida. Y eso es la esperanza. El pulso vital que va por dentro de los sueños que la vida sueña a través de aquellos que trabajan para la vida. Lo que la vida sueña, digamos, todos los sueños que tengan que ver con la vida, son pulso vital, son energía.

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Por mi parte, soy de una zona bastante privilegiada de la República Argentina, la cual denominamos pampa húmeda. Con buena cantidad y calidad de agua (ambas cosas, quizás solo por el momento) y con uno de los que fuese, muy probablemente, uno de los sustratos humíferos más importantes del mundo en donde, aún hoy, se siembran todo tipo de granos (llámense trigo, avena, maíz, centeno, o oleaginosas como el girasol y hasta la devastadora soja), también hortalizas y tubérculos de todo tipo y, también, claro está, frutales.
Por supuesto, los costos a pagar por estos privilegios (hablo de la producción en la provincia de Buenos Aires) son también otros. Y, es de suponer que, los precios que se pagan por estos productos en las góndolas, estén íntimamente relacionados con este costo, de esta producción, pero, nada dice que las frutas allí expuestas sean producidas en esta zona. Es más, no lo son.
Además, con sus diferencias, los pequeños productores de la provincia de Buenos Aires están también en la misma situación que los del resto del país. Así que, obviamente, no se trata de un error en el sistema el cual, involuntariamente, pueda estar beneficiando a unos en desmedro de otros, simplemente porque ya no quedan pequeños productores beneficiados en ninguna región de la República Argentina.
Entonces, qué es lo que estamos haciendo, permitiendo. Y por qué.
Tengamos en cuenta que no solo son cuatro o cinco años para que la planta se desarrolle, sino que, además, y a deferencia del tipo y formas de cultivo en la provincia de Buenos Aires, la cual permite aplicar diferentes variantes como rotaciones y demás, esta, es una producción única, anual. El productor, se ve obligado entonces a esperar todo un año para que la fruta este en condiciones de ser cosechada. Lo cual lo deja a merced de un sinnúmero de imponderables. Como por ejemplo, los climáticos.
Para ser más específicos, las temidas tormentas de granizo.
Y así sucedió.
Muy lejos ya de utopías, y mientras ellos aún continuaban peleando simplemente porque se les ayudara, no porque se les pagara lo que les correspondía ni que hubiese una distribución más equitativa ni exigiendo justicia, tan solo pedían que se les considerara con algún tipo de ayuda efectiva, los días 24 y 31 de diciembre del 2008, dos enormes temporales de granizo azotaron la zona de Gral. Alvear, dejándolos, sin nada.
24 de diciembre. 31 de diciembre.
Sin palabras, imagínense ustedes a si mismos en esas fechas.
Ellos, eludidos por quienes debieron responder en su ayuda, quienes, pueden y deben hacerlo. Quienes saben que, cuando un productor ruega por unos metros de malla contra granizo subsidiada, lo hace porque le es indispensable. Que, cuando reclama que los 0,43 centavos de pesos a los que supuestamente se había llegado, no le alcanzaban para hacer efectiva la cosecha, no miente, porque esos cuarenta centavos descontados los costos, no son ganancia real, y la ganancia que en verdad les queda, no justifica los riesgos de, por ejemplo, no poder realizar inversiones mínimas como lo serían la reparación de un tractor o la compra de malla antigranizo para poder proteger las vides.
En cada brindis del 24 y 31 de diciembre, muy probablemente y sin siquiera poder decirlo, sus copas habrán cargado la frustración de no hallar razón alguna que les hiciera comprender qué nos pasa.
Al parecer, todo se resume ahora, a algo más de mil familias directamente afectadas como para considerárseles merecedoras de una ayuda económica por parte del estado. Digamos, aquellos que lo perdieron todo, o casi, porque aún así, si hubiesen sobrevivido tan solo dos plantas, la voluntad y el coraje no lo perderán jamás, y ellos, de una u otra manera, continuarán.
“Algo más de mil familias”… aunque todos sabemos cuan exactos suelen ser este tipo de cálculos, así que, es de suponer, seguramente muchas más.
Ayuda, además, que va desde los 200 a los 600 pesos (un euro equivale a cuatro pesos con cincuenta y un dólar tres pesos con cincuenta) o sea 44,44 euros mensuales durante seis meses, no es mucho verdad. Más de mil familias afectadas directamente, ni que hablar de los indirectamente afectados, todo un pueblo.

Como dije, vivo en la provincia de Buenos Aires, más específicamente, en una ciudad sobre el Atlántico que se llama Mar del Plata, caprichoso nombre, no? Bueno, así igual su clima. Hasta hace unos años, no tantos, no hablo a través de los recuerdos de mis padres ni mucho menos mis abuelos, hablo a través de mis propios recuerdos, y antes de todos estos cambios climáticos, digamos, algo más de veinte años atrás, caprichoso, o no, el clima era templado, con estaciones enmarcadas por veranos calurosos e inviernos con heladas, lo cual la convirtió en, por ejemplo, la ciudad elegida por los argentinos para pasar sus vacaciones de verano. Recuerdo el sol de las mañanas de verano de cuando era un niño. Increíbles. El verano comenzaba en diciembre y no terminaba hasta llegado marzo. Recuerdo las mañanas cuando me escapaba del colegio para ir a caminar por la playa. Segunda mitad del mes de marzo. Allí sucedían los mejores días del verano. Quiero decir, tres meses de temperaturas cálidas con picos de 38 y hasta 45 grados. Hoy, todo el verano, podría resumirse a un día cualquiera de otoño en mi recuerdo. Llueve. Y el frío empaña vidrios sobre las puertas y ventanas de los todavía turistas que aún no se han ido.
Veinte años, es un instante para la naturaleza. Ella no puede estar preparada para cambios tan profundamente repentinos.
Veámoslo así, imaginen que ustedes estén aquí en estos momentos conmigo, adentro y muy calentitos, y de una patada los arrojase desnudos y a la calle a soportar la fría lluvia de este otoñoverano en plenitud de un febrero, su cuerpo, no esta preparado para sobrellevar la brusquedad de semejante cambio, así que, seguramente, enfermará. La vida en sus cuerpos les dirá muy claramente a través de sus tantísimos mecanismos (fiebre, etc.) cuídenme o me perderán. Si no nos creemos al oírnos, hagan la prueba, quédense desnudos y a la intemperie el tiempo suficiente, y verán como pierden la vida. Los médicos, al menos por el momento, solo protegen la vida, la ayudan, no la dan ni la crean. Así que, solo es cuestión de persistir, desoír, y la vida se marchará.
Ahora, para qué habrá venido todo esto a la mente, creo que porque recordé, que hace ya algunos años en la ciudad de Mar del Plata nos sorprendió un tornado. Una simple asociación de techos volados, retorcidos en las calles junto a casas destrozadas, para comprender la magnitud de un desastre.
Muy a diferencia de lo que sucede con las tormentas de granizo, los tornados, aunque sin dudas más devastadores, solo afectan sectores muy específicos a su paso. Las tormentas de granizo, en cambio, se abaten con distinta intensidad por amplísimas zonas, y, en Gral. Alvear, en aquellos sectores en donde se abaten con mayor intensidad, son capaces de destrozar techos, acribillarlos hasta dejar sus esquirlas esparcidas por las calles. Las tormentas de granizo en Gral. Alvear, no son simples tormentas de verano. Son verdaderos desastres climáticos. Y no miento.

Es muy difícil para mí, el intentar arribar a una conclusión, un pensamiento final o un desenlace a esta historia. Tal vez, o primero, porque no es una ficción, y segundo porque aún no es pasado pausible de ser contemplado como historia. No tenemos esa distancia que nos brinda el tiempo al transcurrir, y que nos aleja de los sentimientos lo suficiente como para no sentirnos involucrados. Aún somos parte de lo que le suceda a la gente de Gral. Alvear.
Su gente, nosotros.
Y esto es algo que transcurre ahora, en estos momentos. Son vidas que se están viviendo. Las nuestras, las de todos nosotros. Modificándose, entrelazándose, encadenándose permanentemente unas con otras. Pequeñas historias plagadas de pequeños desenlaces que nos llevan a algo. Por ahora, el final sigue abierto. Aún podemos y debemos escribir algo. Entonces, escribamos bien. Escribamos aunque más no sea una letra de ese final, pero, hagámoslo de modo de acercar ese final a lo que nosotros deseamos. Lo que queremos para nosotros, para nuestros hijos.
Y por favor, no intentemos explicarle a la gente de Gral. Alvear que nada podemos hacer, porque ellos, quedó demostrado, no entienden que significan esas palabras.

Durante los días en los cuales aún me encontraba en Mendoza, el diario El Atlántico de Mar del Plata, publicó una extensa nota en la cual, en determinado momento, recalcaba yo el hecho de que, muchos de aquellos pequeños productores que por esos momentos cortaban las rutas en pos de ser oídos, eran, si no todos, al menos en una gran mayoría, las mismas personas que apenas algo más de uño atrás, habían luchado con iguales armas por el resto de nosotros impidiendo el asentamiento de una enorme empresa multinacional que practicaba la minera contaminante.
En aquel tiempo, ellos habían salido a las calles a hacer valer su derecho y el derecho de todos nosotros a proteger la vida. Por lo cual, nosotros, de alguna manera, por qué no, debíamos ahora por reprocisidad protegerlos a ellos mismos
Pero esto sucedió allá a comienzos del mes de diciembre del 2008, en momentos en los cuales aún se estaba a tiempo de hallar una solución favorable y en concordancia con la premura que la situación exigía. Pero el tiempo sigue pasando, y nuestra respuesta, según creo, aún sigue pendiente. Ojala (y ojala es la adaptación fonética de un término que significa: quiera Dios. Por ALÁ, y disculpenmé aquí otra vez si soy irrespetuoso, Chilul Hashem, no es en absoluto mi intención, pero en esto creo, también por YHVH, en Hebreo Yod-Heh-Vav-Heh, ya que Dios es uno solo, así para el Corán como para la Torá, así los nombres de Dios). Quiera Dios, no la hallamos archivado ya como suspendida.
Alguna vez, solo por divagar, me he preguntado que significa el concepto “monstruo” cuando se lo utiliza para describir determinadas cualidades relativas a las cosas de los hombres, quiero decir, y específicamente en este caso, cuando alguien intenta transmitir al utilizar ese concepto, determinada cualidad a tener en consideración en, por ejemplo, una empresa.
Al utilizarlo, dice, adjetiva, subraya, y sin necesidad de entrecomillado alguno pone puntual énfasis, en un aspecto en particular de aquello que quiere describir y al cual debemos prestar atención. Con “un monstruo” remarca y expresa pero fundamentalmente sintetiza, toda una suerte de conceptos que nosotros debemos comprender con rapidez. Podrían estos referir a determinada cualidad que tuviese que ver con dimensiones. Pero, si agrega el concepto “monopólico” al antes citado “monstruo”, entonces nos encontraremos con que hay infinidad de alarmas a las que todos debemos atender.
Bien, para los que, por suerte y/o desgracia, nacimos en este lado al sur del mundo, las alarmas a las que debemos atender, tras oír el concepto multinacional son muy similares a las de monstruo monopólico, por si mismo, o por si solo, sintetiza a todos esos otros conceptos, aún aquellos tangencialmente citados. Además, y esto es lo más difícil de transmitir, hace referencia directa a cierta escuela que, su manera de proceder, a dejado entre nosotros.

En el transcurso de una entrevista que hiciera a mi regreso el Sr. Claudio Laciar para una radio de Mar del Plata, y lo de Señor va por su Don de gentes y también por Señor periodista, comentábamos algo bastante parecido con respecto al alarmante desinterés que tantas veces demuestran quienes tienen a su cargo la administración de los asuntos del estado (llámense estos municipal, provincial o nacional) y como, las más de las veces también, este desinterés se torna, o al menos da la apariencia de tal, en un interés demasiado focalizado el cual exige cierta prevalencia, cuando no absoluta supremacía, de si mismo con respecto al resto de los intereses en juego dentro de una sociedad. Incluidos en estos, claro esta, y sobremanera, los de la gente común que vendríamos a ser quienes, las más de las veces sin saber “los por qué” de ciertas injusticias, sufrimos el peso de ese tan alarmantemente ostentoso desinterés por parte del estado. O como dijimos, y dijimos con propiedad, de aquellas personas (coyunturalmente temporales) que en determinado momento ostentan la administración del estado, suponemos, sin otro fin que el bien común. Y por favor, no solo no rían, si no que, además, por favor ya dejémonos de adherir a tanta perversión de cualquier tipo, y de una vez por todas pongámonos firmes en esto. Porque esto, es, si no todo el problema en si, al menos, gran parte del mismo.
Nos es imprescindible comprender, que ya no puede ser una utópica ilusión para los países del sur el que la corrupción deje de ser una forma aún socialmente aceptada. Es imprescindible que desinstalemos esa información errónea de nuestras mentes definitivamente. Porque gente con la capacidad de hacerle daño a la vida, y hacerlo a nuestra costa, habrá siempre. Lo único que ha cambiado abruptamente, es que la tierra ya no se siente capaz de soportarlo. Y los daños ocasionados, de un tiempo a esta parte y de aquí en adelante, se pagarán absolutamente y en conjunto, sin excepción alguna posible. No importa ya a quién le toque primero, si a pobres o a ricos, y hablo de países y gente. Lo que le hagamos, tanto a la tierra como a sus hijos, nos dolerá a todos. Nos dolerá en conjunto y absolutamente. Lloverá sobre nosotros. Así que el asunto aquí es, cómo, y esto sí a diferencia de lo que sucede en otras partes mundo, hay aún entre nosotros tantas puertas abiertas para que esto sea posible.

Quiero agradecer profundamente a todos los medios de comunicación por el espacio brindado. Quiero dar gracias, porque esos espacios existen. Y muy particularmente, quiero agradecer a algunas de las personas que en ellos desempeñan su profesión, y que, desde sus respectivos lugares de trabajo, exceden la mera función, para brindarse sinceramente y dar su ayuda cuando hace falta.
Voy a recordar tan solo algunos nombres, y en ellos, con ellos, tener presente a todos quienes trabajan en los medios de comunicación, y valorizan la importancia que su profesión tiene dentro de la sociedad:
Muy pero muy especialmente a Majo Garufi, a la que, y aún así, aunque mi falta de talento no tenga forma de disimularla, si su inteligencia no me inhibiera, pediría que posara para mí para pintarla.
A Susy Scandali, a la que prometo aprender a escribir uno de estos días, para poder decirle que es un sol.
(P.D.: aunque bien podría ir una coma después de, prometo).
A Leandro Spampinato, que reniega conmigo pero que siempre está, y en él, a toda su gente.
A Javier Andrada, con quien me gustaría charlar más seguido, para enterarme de todas esas cosas que no sé.
A Andrés Bélis, por ser un tipazo.
En definitiva, a todos los periodistas y comunicadores sociales de Mar del Plata.
A Cecilia Demare, de Buenos Aires, al igual que a Jorge Comparatto, por la enormidad del tiempo dispensado.
A Liliana Hidalgo, de Mendoza, por su atención.
Así como también a Matías, del cual no logro recordar con exactitud su apellido y por respeto, no quisiera cometer el error de cambiárselo, no tengo perdón.
Y por supuesto, al nombrar a gente de los medios de comunicación de Mendoza, no puedo dejar de mencionar a Francisco Velasco, periodista de Gral. Alvear, quien a través de su micrófono, se convirtió en la voz de todas aquellas personas que protagonizaron los cortes de ruta en contra de la minería contaminante en junio del 2007, y quien, entre tantísimas cosas que tiene para sentirse orgulloso, tiene, la de haber sido sacado en andas de su radio por la gente, su pueblo, y llevado por las calles victoreado como a un héroe.
El resto de nosotros no podemos saber, ni siquiera sospechar, lo que debe sentirse.
Francisco Velasco no es un deportista famoso ni una estrella de cine. Es tan solo una persona común. Su rostro no aparece todos los días en la tele. Así que no es de ese tipo de idolatría de lo que hablo. Él, fue un héroe entre su gente y de la manera más grande que pueda existir, fue un héroe por hacer lo que debía en el momento en que debía hacerlo, y nada menos. No menos, de lo que hizo el resto de la gente de su pueblo al sur de la provincia de Mendoza, la gente del Departamento de Gral. Alvear. Gente muy simple, absolutamente desconocida, e increíblemente digna de imitar. Francisco, gracias.


La fotografía anterior fue obtenida mientras nos encontrábamos en viaje a bordo de un ómnibus de larga distancia al regreso de Mendoza.
Así, desde el interior del vehículo, y tal como la vi. En marcha. Tan solo un instante.
A mi me impactó, no sé por qué, por lo cual no he intentado capturar otra toma igual. No creo poder.
En casa… mi casa… siempre está Manuel.
Al despedirme, al regresar.
Manuel, sos un GRANDE de verdad.

